EL PENSADOR POSMODERNO

En Francia, después de mayo del 68 se presentó un cambio profundo, sobre todo en el sector de los intelectuales. Pese a provenir de tendencias de izquierda, de ellos se dijo que adoptaron luego los ideales de la derecha, aunque en su pensamiento se incorpora criterios identificados con la ideología socialista, tales como la igualdad secular y racial, la ecología y el desarme nuclear. 

En el último siglo, la modernización se ha entendido sólo como algo funcional y en eso Humberto reconoce tener algo de culpa, pues muchas veces olvida que solo el hombre y la sociedad dan respuesta a lo que no se encuentra en las cifras ni las estadísticas. Él confiesa que el pecado original de su generación fue lo que Derrida llamó “la metafísica de la presencia”, que postulaba la unidad de la experiencia humana; pero a su vez, ve con buenos ojos que las nuevas generaciones den valor a la diversidad siendo la antesala del pluralismo. Aunque considera interesante que el pensamiento desestime las diferencias de clase, ve con cierto escepticismo que nuestro país aún no está preparado para esto, por la ausencia de seguridad social, por la pobreza extrema y por el abandono a la Colombia olvidada, pero cree que este es un momento en que el fervor de los años sesenta están logrando dominar el panorama universal. Y el colombiano también.

Aquí reaparece la capacidad de decir la verdad; la intención de desmitificar la sociedad; la reivindicación de aquellos valores que giran alrededor de la preservación ecológica de un ambiente sano; la capacidad de introducir dosis de idealismo en el manejo del Estado, más allá de las cifras frías del Banco Mundial y de los informes de la CEPAL. De nuevo, la política busca reivindicar un tipo de actitud honesta frente al manejo de las cosas. Lo que vivimos hoy es resultado de los valores que se aclimataron en esa vieja generación. En ese sentido, Humberto se denomina a sí mismo un hombre contemporáneo y se ubica entre las ilusiones de la gente de hoy, en la manera de ver la vida y al llegar a la plenitud de la madurez en este proceso de evolución social. Un pensador posmoderno.

Pero en cierta forma cree que la sensibilidad posmoderna que le da fuerza y sustento al pluralismo de las ideas, al valor de la tolerancia, al derecho a la diferencia y al reconocimiento del carácter multicultural de la nación, también le da una mayor humildad al Estado colombiano, en vista de que la autoridad no simboliza valores eternos, inmutables y universales. Incluso, se atreve a proponer una teoría donde la extrema violencia que nos ha tocado vivir en estas tierras ha obrado como catalizador en el proceso de implantación de la tolerancia en la sociedad. El fenómeno epistemológico del posmodernismo tomó mayor cuerpo político sobre las huellas del crimen y la sangre antes del silenciamiento definitivo de los fusiles.

No obstante, también tiene discrepancias. Por ejemplo, en materia de derechos humanos, si bien el posmodernismo respeta algunas diferencias -étnicas o sexuales- al señalar que no puede haber unidad total en el género humano ni una concepción verdadera y universal, le ha puesto una bomba de tiempo al concepto de los derechos fundamentales. Ahí está la diatriba posmoderna contra la Declaración de los Derechos Humanos y ve algún peligro en cierto sentido conformista. Insiste en creer que en nuestro contexto específico todavía hace falta algo de militancia y que la universalidad de los derechos es necesaria ahora que los valores religiosos poco a poco han perdido terreno en el debate público y el quehacer político.

Al hablar de feminismo, él encuentra una justificación en la manifestación histórica contra la discriminación de la que ha sido víctima la mujer. Además, lo ve como un elemento coyuntural que contiene el propio germen de su destrucción: la mujer vale porque pertenece al género humano, no por su filiación sexual. Sin embargo, asegura que este es un problema que se resuelve en términos de igualdad y que no se puede perpetuar tal punto de vista porque encierra en sí mismo su propia contradicción. Él está seguro que cuando se afirma que es necesario darle participación en la administración pública o en la política a la mujer, por ser mujer, se la está degradando. Ella debe merecer participación en tanto ser humano, no por su condición femenina.

El homosexualismo para Humberto se enfrenta hoy como una minoría en ocasiones con efectos de tipo político. Pero además, le resulta paradójico que, mientras se reivindica su derecho a la intimidad y a la libre determinación, los movimientos gais que persiguen tales propósitos, conviertan la homosexualidad en factor político de un exhibicionismo agresivo. Sin embargo cree que la diferencia tan buscada por ellos solo la alcanzarán cuando el tema pierda pugnacidad y abandone el carácter irredentista que ha tenido al interior de la sociedad colombiana.

Finalmente, cree que el fundamento ideal sobre el cual tendría que construirse la sociedad del futuro está en la conquista del ocio; la liberación del trabajo material; la derrota de la pobreza; los derechos humanos; la autonomía personal; el respeto a la diferencia; el modelo de desarrollo sostenible, y su consecuencia, el mantenimiento del equilibrio ecológico y la biodiversidad; la democracia participativa; el derecho a la información y sobretodo a la democratización de los medios; la libertad sexual y una ética civil con base en el respeto por los demás. Tiene la firme convicción, como hombre de espíritu reconciliador, que la universalización en todos los órdenes atenuará el efecto de los nacionalismos y que las guerras irán perdiendo sentido.

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