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EL PENSADOR POSMODERNO

20 de abril 2018

En Francia, después de mayo del 68 se presentó un cambio profundo, sobre todo en el sector de los intelectuales. Pese a provenir de tendencias de izquierda, de ellos se dijo que adoptaron luego los ideales de la derecha, aunque en su pensamiento se incorpora criterios identificados con la ideología socialista, tales como la igualdad secular y racial, la ecología y el desarme nuclear. En el último siglo, la modernización se ha entendido sólo como algo funcional y en eso Humberto reconoce tener algo de culpa, pues muchas veces olvida que solo el hombre y la sociedad dan respuesta a lo que no se encuentra en las cifras ni las estadísticas. Él confiesa que el pecado original de su generación fue lo que Derrida llamó “la metafísica de la presencia”, que postulaba la unidad de la experiencia humana; pero a su vez, ve con buenos ojos que las nuevas generaciones den valor a la diversidad siendo la antesala del pluralismo. Aunque considera interesante que el pensamiento desestime las diferencias de clase, ve con cierto escepticismo que nuestro país aún no está preparado para esto, por la ausencia de seguridad social, por la pobreza extrema y por el abandono a la Colombia olvidada, pero cree que este es un momento en que el fervor de los años sesenta están logrando dominar el panorama universal. Y el colombiano también. Aquí reaparece la capacidad de decir la verdad; la intención de desmitificar la sociedad; la reivindicación de aquellos valores que giran alrededor de la preservación ecológica de un ambiente sano; la capacidad de introducir dosis de idealismo en el manejo del Estado, más allá de las cifras frías del Banco Mundial y de los informes de la CEPAL. De nuevo, la política busca reivindicar un tipo de actitud honesta frente al manejo de las cosas. Lo que vivimos hoy es resultado de los valores que se aclimataron en esa vieja generación. En ese sentido, Humberto se denomina a sí mismo un hombre contemporáneo y se ubica entre las ilusiones de la gente de hoy, en la manera de ver la vida y al llegar a la plenitud de la madurez en este proceso de evolución social. Un pensador posmoderno. Pero en cierta forma cree que la sensibilidad posmoderna que le da fuerza y sustento al pluralismo de las ideas, al valor de la tolerancia, al derecho a la diferencia y al reconocimiento del carácter multicultural de la nación, también le da una mayor humildad al Estado colombiano, en vista de que la autoridad no simboliza valores eternos, inmutables y universales. Incluso, se atreve a proponer una teoría donde la extrema violencia que nos ha tocado vivir en estas tierras ha obrado como catalizador en el proceso de implantación de la tolerancia en la sociedad. El fenómeno epistemológico del posmodernismo tomó mayor cuerpo político sobre las huellas del crimen y la sangre antes del silenciamiento definitivo de los fusiles. No obstante, también tiene discrepancias. Por ejemplo, en materia de derechos humanos, si bien el posmodernismo respeta algunas diferencias -étnicas o sexuales- al señalar que no puede haber unidad total en el género humano ni una concepción verdadera y universal, le ha puesto una bomba de tiempo al concepto de los derechos fundamentales. Ahí está la diatriba posmoderna contra la Declaración de los Derechos Humanos y ve algún peligro en cierto sentido conformista. Insiste en creer que en nuestro contexto específico todavía hace falta algo de militancia y que la universalidad de los derechos es necesaria ahora que los valores religiosos poco a poco han perdido terreno en el debate público y el quehacer político. Al hablar de feminismo, él encuentra una justificación en la manifestación histórica contra la discriminación de la que ha sido víctima la mujer. Además, lo ve como un elemento coyuntural que contiene el propio germen de su destrucción: la mujer vale porque pertenece al género humano, no por su filiación sexual. Sin embargo, asegura que este es un problema que se resuelve en términos de igualdad y que no se puede perpetuar tal punto de vista porque encierra en sí mismo su propia contradicción. Él está seguro que cuando se afirma que es necesario darle participación en la administración pública o en la política a la mujer, por ser mujer, se la está degradando. Ella debe merecer participación en tanto ser humano, no por su condición femenina. El homosexualismo para Humberto se enfrenta hoy como una minoría en ocasiones con efectos de tipo político. Pero además, le resulta paradójico que, mientras se reivindica su derecho a la intimidad y a la libre determinación, los movimientos gais que persiguen tales propósitos, conviertan la homosexualidad en factor político de un exhibicionismo agresivo. Sin embargo cree que la diferencia tan buscada por ellos solo la alcanzarán cuando el tema pierda pugnacidad y abandone el carácter irredentista que ha tenido al interior de la sociedad colombiana. Finalmente, cree que el fundamento ideal sobre el cual tendría que construirse la sociedad del futuro está en la conquista del ocio; la liberación del trabajo material; la derrota de la pobreza; los derechos humanos; la autonomía personal; el respeto a la diferencia; el modelo de desarrollo sostenible, y su consecuencia, el mantenimiento del equilibrio ecológico y la biodiversidad; la democracia participativa; el derecho a la información y sobretodo a la democratización de los medios; la libertad sexual y una ética civil con base en el respeto por los demás. Tiene la firme convicción, como hombre de espíritu reconciliador, que la universalización en todos los órdenes atenuará el efecto de los nacionalismos y que las guerras irán perdiendo sentido.
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EL NADAÍSTA DE CORBATA

18 de abril 2018

Humberto de la Calle siempre fue un hombre comprometido con su época, misma en la que compartió con los integrantes del nadaísmo una rebeldía generacional que lo llevó a adherirse al movimiento estudiantil de los sesenta, a leer con fervor el psicoanálisis de Freud y el existencialismo de Camus para lograr tener una visión adelantada de los problemas de su tiempo.   Este nadaísmo, en su momento más primitivo, se caracterizó por ser contestatario y por su vocación de ruptura con lo establecido y por su sensibilidad abierta a las expresiones contemporáneas.Pero para entender lo dicho basta con ubicarse en los años sesenta en Manizales. En el plano de lo estético, la literatura hasta entonces allí giraba alrededor de dos epicentros: uno rural, casi pastoril, y otro que atendía a lo lírico, en una perspectiva mucho más idealista: una especie de utopía del amor que se desenvuelve por caminos de dicha con un final feliz inexorable. Muy pronto, la literatura comenzó a encontrar un hombre urbano angustiado, rodeado de la miseria que heredó en la posguerra y la idea de la destrucción final de la cultura humana, de un holocausto global. Un sentimiento que quizás no existió antes de la bomba atómica. A mediados de los sesenta la literatura auscultaba un nuevo camino, enmarcado siempre en el ámbito urbano, que se desenvolvía más en la noche, en el ambiente pesado de los bares y en las madrugadas frías en las que se trataba de descubrir ese hombre solitario, envuelto en la nada y enfrentado al absurdo. De esta manera, surgía una expresión lírica desesperanzada: no era el canto romántico tradicional sino un grito de angustia y de soledad que comenzó a aparecer en la vida de los adolescentes de aquel entonces; entre ellos, Humberto. La primera tarea que tuvo el nadaísmo fue comenzar a romper mitos. No sólo en lo estético, sino también en lo cultural y en lo social. Pronto, sus golpes comenzaron a sentirse en todas las estructuras sociales. El primer propósito que identificó a los nadaístas fue escandalizar. Era una táctica que buscaba romper la máscara, eliminar la mistificación, colocar a la sociedad en la necesidad de decir la verdad. El nadaísmo también tuvo efectos en el teatro, que negaba las formas y contenidos tradicionales para buscar una expresión social dirigida a descubrir unas estructuras de poder y de organización de la sociedad que se basan en el mito. Surgen temas impensados hasta aquel momento: la destrucción del matrimonio, las costumbres sexuales, la virginidad de las mujeres, entre otros temas que venían siendo vedados en una sociedad en extremo hipócrita como la de entonces. Pero cuando el nadaísmo llegó a su clímax, Humberto era un estudiante de bachillerato, mucho más joven que quienes ya poseían la libertad de expresar lo que pensaban y cuyo oficio en muchos casos se reducía a eso. Él estudiaba en un colegio regentado por sacerdotes, en medio de un clima cerrado, casi conventual, en una ciudad impermeable a cualquier clase de evolución cultural o estética.                                     En esa sociedad organizada bajo patrones tan rígidos, Humberto fue uno de los difusores del nadaísmo, en compañía de un grupo de amigos. Pero estaban en la segunda línea, sin alcanzar la capacidad contestataria y de denuncia que tuvo su núcleo rector, en la medida en que las condiciones sociales en que se desenvolvió eran otras. El propósito de hombres filonadaístas como él, era poner bombas de profundidad contra el grecoquimbayismo, una forma de literatura alejada de la realidad que se nutría del mito y eludía la realidades concreta del hombre contemporáneo, entretejidas de lo lugareño y con cierto hálito costumbrista. Su primera actitud de rebeldía se expresó en el plano estético. No obstante, hoy se tendría que reconocer que había una gran exageración en lo que decían los nadaístas, pues la década de los sesenta fue una generación de rompimiento. Además, había una actitud de rebeldía frente a la organización social, que se expresaba en la movilización estudiantil. En esa época comenzó a surgir un fenómeno llamado Camilo Torres, que desembocó en la lucha armada como método de redención de un pueblo oprimido. Existía un ideario que significaba un rompimiento en lo político y denunciaba las profundas injusticias sociales del sistema imperante. En los sesentas, la realidad universitaria se desenvolvió en dos planos: por un lado, la crítica puramente estética y social, y por el otro, fenómenos revolucionarios como el de Camilo Torres o el de la Universidad Industrial de Santander, que empezaron a reclutar jóvenes estudiantes para enlistarlos en la guerrilla. El nadaísta poseía un escepticismo fundamental producto del parentesco espiritual entre las primeras manifestaciones estéticas y el existencialismo; experimentaba una sensación límite por cuanto la especie humana había logrado crear unos instrumentos de destrucción global que ponían en duda la existencia de seres pensantes sobre la tierra. Al poco tiempo él, que se preguntaba sobre la verdadera inteligencia del hombre, había iniciado sus estudios de derecho en la Universidad de Caldas, y al final de la carrera se acentuó en una crisis de escepticismo, marchitando ese fervor nadaísta del que alguna vez se sintió orgulloso. Empezó a ver el quehacer jurídico como un arte menor, subalterno de la política y de mera utilería, pero a través del ejercicio mismo del derecho, más tarde, comenzó a vencerlo. Se había convertido ahora en un nadaísta de corbata y en un hombre de leyes con devoción inmarcesible por la libertad. De esos años de juventud, le quedan una mirada del mundo que no admite emociones súbitas ni sucesos efímeros que surgen de eclosiones de alegría. Pese a esa herencia del escepticismo nadaísta, tiene una visión que alienta posibilidades hacia el futuro, que ya no está perdida sin remedio y que la sociedad hoy tiene los instrumentos para poder progresar. Aunque hoy resulte insólito pensarse en el panorama de la política colombiana, Humberto de la Calle representa, en una forma multilateral e incuestionable, la generación de los sesenta.
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